Gráfico vectorial de una planta en crecimiento con hojas, simbolizando el desarrollo y protección del patrimonio a largo plazo con InvestaTrust.

Toda familia empresaria tiene su propia Odisea

El reciente estreno de The Odyssey, la adaptación cinematográfica de Christopher Nolan, ha vuelto a poner en conversación una historia escrita hace casi tres mil años. Quizás porque, detrás de cíclopes, tormentas y dioses, sigue hablando de algo profundamente vigente: lo que ocurre durante un largo viaje, cómo ese recorrido transforma a quien lo emprende y qué hace que, a pesar de todo, no pierda de vista su destino.

Durante el viaje de Ulises ocurre prácticamente de todo. Cambian las circunstancias, desaparecen compañeros, surgen obstáculos que nadie había previsto y el propio Ulises termina siendo distinto del hombre que inició el recorrido. Ítaca sigue allí, aunque quien finalmente regresa ya no es quien partió.

Pensaba en las familias empresarias y en todo lo que puede ocurrir desde que alguien pone en marcha un negocio hasta que ese patrimonio llega a manos de una tercera o cuarta generación. Habrá buenos y malos años, empresas que nacen y otras que se venden, errores, crisis, oportunidades inesperadas y decisiones que cambian la historia familiar. Algunos miembros continuarán vinculados a aquello que recibieron y otros elegirán su propio camino. Después de todo ese recorrido, difícilmente la familia será la misma. Pero tampoco lo será su Ítaca: la empresa, el patrimonio y la propia familia habrán cambiado con ella.

Parte de la riqueza construida estará precisamente en lo que esas experiencias fueron dejando: conocimiento, criterio, relaciones, reputación y una determinada manera de enfrentarse a lo desconocido. Es un patrimonio que no suele aparecer en los balances y que, sin embargo, puede resultar decisivo cuando una familia atraviesa situaciones para las que nunca pudo prepararse del todo. Podríamos llamarlo patrimonio invisible: aquello que se va formando mientras la familia decide, se equivoca, aprende y descubre qué merece la pena conservar y qué necesita transformar.

Cuando llega el momento de pensar en la sucesión aparece entonces una pregunta particularmente difícil: ¿cuánto de ese aprendizaje puede realmente transmitirse? Las acciones, los inmuebles, las inversiones y las estructuras jurídicas pueden cambiar de titular; el conocimiento puede compartirse y la experiencia puede contarse. Pero nadie puede recorrer por otro el camino en el que aprendió a decidir, asumir riesgos o recuperarse de una mala decisión.

Es una dificultad que aparece con frecuencia en las conversaciones con familias empresarias. Quien ha atravesado momentos complicados suele querer evitar que sus hijos tengan que vivirlos. Es comprensible. Sin embargo, al intentar ahorrarles errores y dificultades, existe también el riesgo de ahorrarles responsabilidades, incertidumbre y oportunidades de decidir y asumir las consecuencias. Y es precisamente allí donde se desarrolla buena parte del criterio que esperamos encontrar en quienes algún día tendrán que gobernar un patrimonio. Preparar a la siguiente generación tiene, por eso, menos que ver con despejarle el camino que con ayudarla a estar en condiciones de recorrerlo.

Quienes vienen detrás, además, encontrarán circunstancias distintas de las nuestras. Tendrán que resolver problemas que hoy no podemos anticipar y probablemente cuestionarán algunas de las respuestas que les entregamos. Eso no significa necesariamente alejarse del legado; en ocasiones, transformarlo será precisamente la manera de preservarlo. Podemos compartir lo aprendido y señalar ciertos riesgos, pero también tendremos que dejar espacio para que desarrollen un criterio propio.

La sucesión lleva así la conversación a cuestiones muy concretas: quién está preparado para decidir, qué responsabilidades puede asumir cada persona, cómo participarán quienes son propietarios pero no trabajan en la empresa y qué necesitan aprender quienes algún día deberán gobernar el patrimonio. La condición de accionista puede confundirse con el derecho a gestionar, y recibir un patrimonio puede interpretarse como prueba suficiente de estar preparado para gobernarlo. Sin embargo, heredar la propiedad y estar preparado para ejercerla responsablemente son dos cosas distintas.

Preparar esa transición requiere tiempo: conocer capacidades y aspiraciones, acordar reglas, compartir conocimiento y permitir que quienes algún día deberán decidir acumulen experiencia antes de que resulte indispensable. También supone pensar cuál será el lugar de quien estuvo al frente durante décadas cuando llegue el momento de ceder responsabilidades. Porque la sucesión no transforma únicamente a quien recibe; también obliga a quien entrega a redefinir su lugar.

Es allí donde Ítaca adquiere un significado distinto. Ulises tuvo que atravesar tormentas que desviaron su rumbo, resistir el canto de las Sirenas y seguir adelante cuando el camino imaginado dejó de existir. Algunas veces pudo anticipar el peligro y prepararse; otras, tuvo que responder a circunstancias que escapaban de su control. Algo parecido ocurre en una familia empresaria: habrá riesgos que puedan anticiparse y para los que sea posible establecer reglas y estructuras, pero habrá otros que obligarán a decidir sin disponer de un mapa. También en esos momentos se construye patrimonio, porque junto a lo que una familia consigue crear y conservar acumula algo menos visible: experiencia, criterio y capacidad para adaptarse sin perder de vista aquello que quiere preservar.

Cada generación tendrá que recorrer su propia Odisea. Podemos señalarle algunas de las tormentas que atravesamos, advertirle dónde escuchamos cantos de sirena y compartir las decisiones que nos permitieron continuar. Podemos entregarle un patrimonio bien organizado, establecer reglas y darle oportunidades para prepararse mientras todavía estamos allí para acompañarla. Pero no podremos anticipar todos los obstáculos ni hacer el viaje en su lugar. La siguiente generación encontrará sus propias tormentas y deberá desarrollar el criterio para cuidar lo recibido, saber qué merece ser preservado y qué deberá transformar para que, aun cuando cambie el recorrido, Ítaca siga teniendo sentido.

 
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